No hay mujer más bella que la que se acepta y acepta a las demás como son.

¿Cuántas fotos borradas? ¿Cuántos movimientos para no salir a las orillas de las fotos? ¿Cuánto jalones de playeras? ¿Cuántas veces meter la panza a los jeans? ¿Cuánto aire detenido por no hacerla notar?
Toda mi vida fui la que usaba miles de trapos para disimular mi pedazo de carne sobrante en el área del abdomen. Usaba todos los cojines del sillón para estar cómoda al estar sentada y que nadie notara esos kilos de más. Compré miles y miles de fajas para poder lucir bonito un vestido aunque esto significaría que terminando el evento iba a pasar dos días inflamada por haberme apretado el cuerpo.
Después de ser mamá esa pancita creció aún más. ¿Me importó? ¡Claro! Por más que bajé de peso, ahi se quedó.
Pasaron unos años para que yo me reconciliara con mi panza. Atreverme a usar ropa sabiendo que la van a ver, que en las fotos va a salir y que forma parte de mí. Dejé de pelearme con ella, de ocultarla y quitarle la mirada del espejo.
Aprendí que más alla de esa pancita (panzota o como sea) hay una mujer orgullosa de ella. Que el físico pasó a un segundo plano porque logró ver su interior y simplemente la vanidad no le ganó.
No hay mujer más bella que la que se acepta y acepta a las demás como son, sin criticar, sin señalar, sin evidenciar y sin competir.
Créanme que el físico dejará de importar pero jamás su belleza interior.